El Aplauso

Después de estar todo el día de aquí para allá podía notar como mi camiseta interior estaba completamente adherida a mi espalda por culpa del sudor.

“Hay ocasiones en las que el sudor y el hedor son gratificantes, la prueba del trabajo bien hecho”, pensé.

Había terminado de pintar mi estudio, retirado toda la cinta de carrocero y colocado cada cosa en su lugar.

Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par y corría una agradable brisa de otoño a través de ellas, que cruzaba de lado a lado el estudio huyendo por la puerta de entrada, también abierta para dejar escapar el olor a pintura.

Afuera, la calle permanecía desierta, la magia de los domingos en Barcelona.

Un leve rumor iba y venía de tanto en tanto, producto de algún turista despistado que buscaba algún lugar en el que descansar después de una larga caminata.

Las copas de los árboles bailaban frente a mi ventana y las hojas cantaban con cada caricia que se daban.

Respiré hondo cerrando los ojos para disfrutar de aquel momento.

Tenía tantas ganas de verlo terminado que había olvidado el hambre y la sed hasta aquel momento.

Era tarde para comer, de modo que busqué algo ligero que me liberara del rugir de tripas hasta que fuera la hora de cenar. Encontré una manzana y algunos frutos secos.

Los devoré sentada en una vieja silla en el balcón sin dejar de mirar las hojas de los árboles.

Sentada allí me percaté de la ironía de la intimidad. Me sentía libre, con el pelo revuelto, la ropa sucia y los pies descalzos. De ningún modo hubiera salido así a la calle, sin embargo, mi balcón formaba parte de la calle misma. Podían verme desde allí todos mis vecinos, salvo los que vivían en los pisos inferiores, a esos los privaba yo de su intimidad sin que ellos fueran conscientes. Como no lo era yo hasta aquel momento. Me percaté de que el vecino de en frente había encontrado entretenimiento en mis tareas, cuando crucé mis ojos con los suyos a través de las copas de los árboles.

Por un momento, sentí el impulso de esconderme, como si hubiera hecho algo malo, pronto entendí que aquello formaba parte de la vida en la gran ciudad.

La intimidad se formulaba de manera distinta en cada lugar.

Terminé de comer, disfruté un poco más de la brisa y me levanté para plegar la silla y cerrar la puerta de entrada.

Llegaba el momento más agradable del día: la ducha.

Entorné las viejas puertas del balcón para desnudarme, mientras lo hacía imaginaba qué hubiera ocurrido si no lo hubiera hecho, ¿hubiera seguido observándome furtivamente el vecino? No era buena idea, seguía siendo una mujer viviendo sola en una gran ciudad. Mi vecino bien podía ser un depredador sexual, no iba a darle motivos para obsesionarse conmigo.

Observé satisfecha como había quedado el baño al entrar.

Era ridículamente pequeño, pero tenía todo lo necesario. Un lavabo, un espejo, un váter y una pequeña bañera que hacía las veces de ducha.

Sobre el inodoro un marco repleto de conchas de todas las playas en las que había estado, sobre el espejo una lámpara que había comprado en un viaje, quizá no fuera la más adecuada para iluminar el espejo, pero me gustaba el tono azulón con el que pintaba las paredes al encenderla.

Cerré la puerta del baño, abrí el grifo de la ducha y me miré en el espejo hasta que el agua se calentó.

Mi piel lucía radiante. Acaricie mi rostro, mi cabello, mi cuello, mis clavículas y comencé a notar como el vapor empañaba el espejo mientras veía mis manos, como si ya no fueran las mías, caer sobre mis pechos y después sobre mi vientre.

Era hora de entrar a la ducha.

El agua caliente erizó mi piel en contraste con la brisa que hasta ahora se había colado por debajo de la puerta del baño. Noté como mis pechos se endurecían y un escalofrío recorrió mi cuerpo partiéndolo en dos.

Después calor y humedad, nada más. Silencio.

El agua caía sin apenas presión desde mi cabeza hasta mis pies arrastrando el frío de mi cuerpo. Me pregunto a veces si será algo que solo me sucede a mí, o también al resto, que cuando entro a la ducha, después de haber pasado algo de frío, mi cuerpo enfría el agua al recorrer mi cuerpo y esta llega completamente helada a mis pies.

Poco a poco fui entrando en calor y comencé a enjabonar mi pelo, lo aclaré, repetí el proceso hasta tres veces para asegurarme de que no quedara ningún resto de pintura. Después repartí el acondicionador por todo el pelo y enjaboné mi cuerpo, con mimo y esmero.

Cerré el grifo y empecé por mis pies, sentada en el borde de la bañera. Me entretuve con cada uno de los dedos, después con los talones, los tobillos, poco a poco, fui subiendo por mis piernas haciendo círculos como tantas veces había leído que había que hacer para mejorar la circulación, y como tan pocas veces hacía, al llegar a mis ingles, enjaboné toscamente y sin demasiada atención aquella parte de mi cuerpo, que estaba tratando de esquivar por no ceder a mis propios deseos.

Un pudor inútil que pocas veces entiendo.

Me levanté para seguir con mis glúteos y después con mi vientre, mis pechos, los brazos, el cuello y abrí de nuevo el grifo para aclarar todo mi cuerpo.

Al notar cómo se deslizaba la espuma cuerpo abajo como una cascada, terminó de despertarse ese erotismo tan poco mencionado, que responde tan solo a uno mismo.

No precisa de estímulos, ni tampoco de compañero, surge del amor propio, del descubrimiento que supone en ocasiones prestarse atención a uno mismo. Corre tanto la vida y el tiempo que no nos molestamos en reparar en nuestros cuerpos, prestarles la atención que merecen.

Y allí de pie, conversando conmigo misma bajo el agua, despidiéndome del pudor y de los miedos me concentré en la caricia del agua y del vapor que me envolvían, de mi pelo acariciando mi espalda y derramando el agua que recogía, de mis manos surcando levemente mis caderas y mi vientre.

Subí una mano hasta llegar a mi pecho izquierdo, lo acaricié y me permití sentir cada detalle de mi piel, bajó mi otra mano hasta llegar a mi vulva, descuidada y peluda después de meses sin prestarme atención, me dio igual, aquel momento era para mí y para nadie más, no respondía a modas, tan solo al amor y al deseo de disfrutar de mi misma.

Acaricié con la mano completa el contorno cerrado de mis labios, tentándome como me hubiera gustado que hicieran mis amantes. Cada vez la mano del pecho era más ansiosa y aumentaba la frecuencia de mi respiración.

Llevé la mano hacia mi nuca tratando de recobrar algo de calma al notar que mi cuerpo temblaba, después bajé de nuevo a mi pecho sin dejar de acariciar, con la otra mano, todo el tiempo.

Noté, poco a poco, como el tamaño de mis labios crecía y dejaba un hueco que mis dedos anhelaban invadir, me permití tantear con uno de ellos descubriendo la sedosa humedad que caracteriza al sexo femenino, y el calor de mi propio cuerpo, mucho más intenso que el del agua.

Seguí internándome entre mis labios acariciando y abriendo con ellos hueco para el resto, hasta que mis piernas comenzaron a flaquear y tuve que pegar la espalda contra los azulejos para no perder el equilibrio por completo.

Jadeaba y a ratos me avergonzaba imaginando qué pensarían de mí los vecinos que había al otro lado de aquella pared. Poco me importó cuando escapó entre mis labios un gemido largo, al internarse mis dedos en el cálido agujero de mi sexo. “¡Cuánto tiempo!”, pensé para mis adentros, jactándome de mi misma, y apretando mi espalda contra la pared, dejándome caer hasta estar sentada en el borde de nuevo.

Apreté los pies contra la pared de la bañera, abrí las piernas y las sentí fuertes, esbeltas, en aquel esfuerzo por no caer al suelo hasta que hubiera alcanzado el éxtasis.

Y así, bajó mi otra mano dejando a mi pecho abandonado para tapar el vacío que había dejado entre mis labios.

Inhalaba fuerte, y al hacerlo, notaba como mi garganta se calentaba con cada bocanada de vapor, mientras mi pelo mojado se enfriaba contra la pared del baño. Nunca había encontrado tanto placer en el contraste del frío y el vapor que normalmente evitaba saliendo rápidamente de la ducha.

Aquella sensación erizaba mis pezones y apretaba mis pechos haciendo que los sintiera sin siquiera tocarlos, su forma, su tacto, podía imaginarlos y sentía un gran placer al hacerlo.

Mi espalda arqueada. Me imaginaba y me deleitaba.

El agua abandonada seguía cayendo cada vez un poco más fría, había olvidado por completo cerrar el grifo, y encontraba en aquella cascada rompiendo contra el suelo un estímulo más para mis oídos, alejaba el ruido de los vecinos cruzando mi rellano o viviendo sus vidas al otro lado de la pared.

Me internaba y me internaba entre mis piernas cada vez un poquito más hasta que no tuvo sentido seguir haciéndolo, había encontrado el punto perfecto, los dedos de mi otra mano se deslizaban con la delicadeza de quien toca algo que prevé que se puede romper, no tenía prisa por terminar, quería disfrutar.

Alzaba mi pecho arqueando un poquito más la espalda en un intento por reprimir un gemido de nuevo, de poco sirvió pues encontró la manera de salir de mi cuerpo, ahogado, y aun así audible.

El baño en tenue luz azul poco me importaba ya, hacía rato que había cerrado los ojos para centrarme en mi placer, mientras el agua fría había disipado el vapor que viajaba ya a través del tubo del ventilador, que zurria dentro del baño.

Comenzó a subir por mi vientre, y después por mi pecho hasta llegar a mi garganta, una presión sin parangón que retorció mi cuerpo haciendo que apretara todavía más mi espalda y mis pies contra mi sustento, apreté incluso los dientes para no dejarlo ir sin más, retenerlo en contra de su voluntad, hasta que llegó el aplauso y con él, el orgasmo, con esas contracciones que tan poco duran y tanto placer nos dan, mientras me dejaba caer hasta el suelo de la bañera, perdiendo las fuerzas, satisfecha de dejarme vencer por mi deseo.

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